Deporte Risaraldense

Es como lanzarse desde un edificio de 11 pisos

Como buen economista, Miguel García tiene muy en cuenta los números. Sabe que desciende a una velocidad de 80 kilómetros por hora, que el salto es de solo tres segundos y que lo debe hacer desde una altura que oscila entre 27 y 29 metros.

 

En cada salto se juega la vida. Los saltos en altura son la evolución de los clavados, aquellos que se hacen en una pileta, desde trampolines y plataformas, y cuya altura más alta es 10 metros. De hecho, los tres únicos colombianos que compiten en las siete paradas de la Serie Mundial de Saltos en Altura fueron clavadistas que representaron a su departamento y a Colombia en torneos nacionales e internacionales.

 

Miguel García es el “pana” de Orlando Duque, el colombiano que ha sido una vez campeón de la serie mundial (sumatoria de puntos de las siete validas) y ganador de innumerables competencias; Duque es tan avezado que ha dejado por momentos los riscos y las plataformas naturales o artificiales para innovar sus acrobacias desde un iceberg o un helicóptero.

 

¿Por qué le gusta saltar?

“Es algo que me ha gustado desde chiquito; la adrenalina, la sensación de caída me encanta”, dice García, quien se inició a los 8 años de edad en la Liga de Natación del Valle, y desde hace 4 experimenta la sensación de los clavados de altura mundialmente. A sus 27 años de edad, y ya integrado a la Serie Mundial, se perfila como relevo generacional de Orlando Duque, que le dijo la semana pasada a www.deporterisaraldense.com que el próximo año (2019) se retirará de esta actividad en la que es toda una vedete mundial.

 

¿Cuál es el salto más extremo que ha hecho?

“Lo más extremo que he hecho es un salto que hasta ahora nadie más lo ha hecho en el mundo; lo dejé de hacer porque estaba muy peligroso, y no me estaba dando resultados, la verdad. De las 20 – 30 veces que lo hice durante dos años, solo una vez salió bien, entonces dejé de hacerlo. Eran tres vueltas inversas con dos giros; nadie lo ha hecho en el mundo, y no porque sea muy difícil, sino porque es un salto que arriesga mucho, y lo quise intentar, y es de las cosas más locas que he hecho en este deporte por ahora”, recuerda Miguel García.

 

Ese salto fue de 27 metros de altura en Kazán, Rusia, en el Mundial. Miguel recuerda que estaba por fuera de los 10 mejores de ese certamen, y que al lograrlo le dieron 9 puntos, que le valieron para clasificar noveno y sentir el orgullo de meterse entre los diez mejores del mundo.

 

¿Ustedes los clavadistas saben que se juegan la vida en cada salto?

“Tenemos conciencia de que lo que hacemos hace parte de nuestro control, o sea, nosotros sabemos qué es lo que estamos haciendo; no nos tiramos a ciegas o a ver qué pasa; nosotros cada decisión y cada movimiento que hacemos lo tenemos muy fríamente controlado, muy bien entrenado. No es tirarse al vacío. Siempre hay un riesgo, siempre está el miedo, siempre está el temor de golpearse, de cometer un error, porque somos humanos, y sabemos que un error nos cuesta mucho; nos puede generar un mal rato. No es tanto de arriesgar la vida, es el temor de enfrentar la competencia”.

 

No ha podido saltar bien en Portugal; ha estado tres veces en ese país, pero las olas grandes del mar, que pueden subir o bajar dos metros, lo descontrola, porque un salto calculado de 27 metros puede terminar en 25 o 29 metros, y eso es “fatal” para el artista.

Aún tiene pendiente saltar en un cenote (una montaña hueca que en su interior tiene un lago) en México.

 

Los mareos en la altura

 

Las variables que surgen a una altura cercana a los 30 metros son múltiples: el viento, la temperatura (frío o el calor), la lluvia, etc.; sin embargo cuando son competencias internas en una ciudad, estos factores se reducen.

Al “aire libre” están los riscos, las olas, las rocas, la oscuridad y los puntos de ubicación. “A veces nos toca saltar en el mar abierto y es muy difícil tratar de ubicar los puntos en un lugar en donde no hay puntos, solamente se ve mar y cielo”, por eso para los clavadistas de altura siempre será mejor “poder ver dónde van a caer”.

Lo anterior ratifica que los saltos, por muy “normales” que se vean o que estos especialistas los hagan ver, no son nada sencillos.

“Incluso a veces nos pasa que nos mareamos o perdemos el sentido de la ubicación por el paisaje tan abierto, pero igual son situaciones que tenemos que enfrentar y son competencias donde todos estamos en las mismas condiciones. Cuando estamos a punto de tirarnos, y alzamos la vista al infinito, ahí es donde da el pequeño mareo, pero son cosas a las que uno se va acostumbrando”, dice Miguel García, quien además es entrenador de clavados en la Liga de Natación del Valle del Cauca.

 

Junto a Orlando Duque y María Paula Quintero está empezando a darle la vuelta al mundo, saltando. Este primer semestre ha sido solo de entrenamientos, como los que harán él, Duque y María Paula en Pereira entre el lunes 21 y el sábado 26 de mayo, con una diferencia: en esta ciudad sí saltarán de 27 metros, algo que no han hecho este año, y la altura precisamente que los espera en las pruebas del segundo semestre del año.

 

¿En qué piensa cuando está descendiendo?

“De todo; he pensado absolutamente de todo; incluso me he distraído; incluso he pensado cosas de la universidad de la casa (dejé la estufa prendida) cualquier cosa se le pasa a uno por la cabeza” (risas).

 

Un salto de 27 metros es proporcionalmente como tirarse de un edificio de 11 pisos.

 

“Son tres segundos, pero parecen dos horas, pero son dos horas muy divertidas”, concluye este deportista extremo.

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