Deporte Risaraldense

Rubén Darío Gómez

Nació en Santa Rosa de Cabal (3 de marzo de 1940), aprendió a montar bicicleta en Manizales y se hizo ciclista en Pereira, en la ciudad que lo vio partir definitivamente el 23 de julio de 2010.

Rubén Darío Gómez Bedoya está en la historia del ciclismo colombiano por múltiples motivos: ganó las vueltas a Colombia de 1959 y 1961 y los clásicos RCN de 1961 y 1962. Fue medalla de oro en la prueba de ruta de los Juegos Bolivarianos de 1961 en Barranquilla; fue subcampeón de la Vuelta a México en 1960 y campeón de la Vuelta a Guatemala en 1964. Además, llevó los colores de Colombia a dos olimpíadas: Roma 1960 y Tokio 1964.

De él se dijo que “corría con la cabeza, no con las piernas”. Y en efecto, a Rubén Darío Gómez se le reconoció por la sagacidad con la que analizaba a sus rivales y las etapas a los que se enfrentaba. Claro que cuando debía impulsar su bicicleta parecía un felino trepándose a un tronco, lo que le valió el apodo de El Tigrillo de Pereira.

La combinación de su inteligencia para correr y el poderío de sus piernas lo hicieron un corredor especial, muy corajudo, que cuando disputó su primera Vuelta a Colombia, en 1958, dejó ver matices de su calidad deportiva, al terminar como el mejor novato y ganar su primera etapa en la máxima prueba ciclística del país, en su natal Pereira (11 de junio de 1958), superando a su gran ídolo, el antioqueño Ramón Hoyos Vallejo.

El periodista e historiador Hugo Ocampo Villegas dijo que Rubén Darío Gómez fue un “fenómeno social y el primer gran ídolo deportivo que tuvo Pereira”.

Y en efecto, “el pueblo pequeño” del que hablaba el poeta Luis Carlos González se volcó a las calles de la ciudad para lograr otra de esas gestas cívicas que hacen henchir de orgullo el corazón de los pereiranos.

Después de la demostración de su calidad deportiva en 1958, el departamento de Caldas y su centralista capital Manizales (aún no se había dado la división de los tres departamentos del eje cafetero) le negó recursos para asistir a la Vuelta a Colombia de 1959. Entonces apareció el padre del civismo, el sacerdote Antonio José Valencia, al mismo al que se le debe la Villa Olímpica y el Cristo de Belalcázar.


“El padre Valencia organizó todo y en un carro viejito, sin capacete, nos montamos como reinas de belleza con el padre Valencia y un canasto grande. Salimos de la Catedral, cogimos la carrera 8a. hasta la calle 15, volteamos hacia la 7a. y regresamos a la Catedral. Toda la gente salió a ver el desfile y empezó todo el mundo a echar su ayuda en el canasto, monedas, alcancías, regalos, aportes de los comerciantes. Empezamos a las 3:00 de la tarde y terminamos a las 7:00 de la noche y las emisoras transmitieron en directo el evento. Recogimos lo suficiente y fuimos a la carrera como unos reyes, ganamos la Vuelta a Colombia y le ganamos al equipo de Antioquia. Eso fue lo más grande que me ha pasado. Ese recuerdo es imborrable”. (El Diario del Otún 17 de mayo de 2009).

En ese “carro viejito” del que hablaba “El Tigrillo” de Pereira también estaban subidos Ariel Betancurt, Pablo Hernández y Alfonso Galvis, aquella cuarteta pereirana que devoró a la famosa “licuadora paisa”, los reyes hasta entonces del ciclismo colombiano, con figuras como Hoyos Vallejo, Hernán Medina Calderón, Roberto “Pajarito” Buitrago, entre otros. Y más adelante, la gran figura nacional (Deportista del siglo en Colombia), Martín Emilio “Cochise” Rodríguez.

La estela que como estrella deportiva irradió Rubén Darío Gómez llegó hasta el punto de motivar a que la empresa privada, como lo fue Camisas Jarcano, patrocinara el deporte, logrando un posicionamiento de marca que incluso, ya desaparecida, aún es recordada.

Después de colgar su bicicleta fue entrenador, llevando al título de la Vuelta a Colombia de 1973 a otra gran figura nacional: Rafael Antonio Niño. Y ahora que Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Jarlinson Pantano, Esteban Chávez, Fernando Gaviria están en pleno apogeo mundial, es preciso decir que “El Tigrillo” de Pereira fue el capitán de ese navío con ciclistas colombianos que desembarcó en Europa por primera vez al finalizar la década de 1980, lo que le valió al ciclismo colombiano para ser invitado al Tour de Francia, en donde nuevamente Rubén Darío Gómez orientó el equipo nacional, en los años de 1983 y 1984.

Rubén Darío Gómez fue el primer campeón del Clásico RCN, en 1961, una competencia que ganaría también al siguiente año, y que al lado de la Vuelta a Colombia son las más importantes del país.

Su corta, pero contundente carrera deportiva, lo llevaron también a ser el primer deportista del año, distinción que promueve desde entonces el periódico El Espectador.

De su vida deportiva le quedaron cientos de medallas y trofeos, que días antes de morir de problemas cardíacos me confesó que estaba buscando quién se quedaba con ellos, porque estaban arrumados en su casa, desvencijados y sin que, 50 años después, importaran demasiado en la vida de quien ya siendo abuelo dedicaba su energía a sus nietos.

En plena carrera 8ª. con calle 33 de Pereira quedó el último rastro de “El Tigrillo”. Era un aviso comercial que indicaba que ahí Rubén Darío Gómez aún se aferraba a su vida de ciclista, vendiendo esas máquinas que le dieron a él prestigio, que forjaron campeones y que en una época de nuestra historia consagraron al ciclismo como el deporte de multitudes.

Esa casa y las de enseguida también fueron testigos del civismo pereriano. Primero, sus lotes fueron regalados a los cuatro campeones (Gómez, Betancurt, Hernández y Galvis), y segundo, sus cimientos y paredes fueron fruto de la marcha del ladrillo, cuando el agradecimiento era un valor en todo el sentido de la palabra.


El periodista Alberto Rivera (El Diario del Otún, 17 de mayo de 2009) le preguntó: ¿Y cómo construyó la casa?

“Se empezó la construcción con una labor muy bonita porque los alumnos de las escuelas y los maestros fueron los que trajeron el cemento y los ladrillos en un desfile por toda la octava… lloré ese día por el convite… estábamos los cuatro ciclistas recibiendo los materiales y la obra se empezó aunque se detuvo después, y las terminamos nosotros…”

En hora buena el ciclismo risaraldense le rinde homenaje a una leyenda de nuestro deporte y de nuestra ciudad, un gladiador de las agrestes carreteras nacionales de su época, y un perseverante joven que a escondidas de su padre se hizo ciclista. “Alguna vez amenazó con dañarme la bicicleta si la veía en la casa”, dijo “El Tigrillo”.

Por Orlando Salazar Zapata
Comunicador social periodista
Para deporterisaraldense.com

 

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